Carlos se sirvió su comida, pensando que tal vez no debía poner tanto en su plato, comiendo con los ojos mucho más de lo que podría consumir de una sentada, disfrutando de la libertad de servirse a su antojo. La anfitriona se encargó de ir ordenando la línea que se formaba y notó que los amigos de su hija se acercaban al área de los manjares. Espontáneamente y con un tono de orgullo le dijo a ella –Mirá, presentale a tus hermanos- refiriéndose a Carlos y Pedro, los dos entretenidos con poner cada ítem en el plato y sin dar tanta atención al gesto común de voltear y medio presentarse ante unos chiquillos. La escena se transformó con la respuesta de aclaración de la niña, –Son mis medio hermanos- Los rostros de los hombres cambiaron en un instante, como si fuera una grave advertencia, un solo comando, unas cortantes palabras, sonando de par en par las implicaciones de la frase. Se congeló el momento.
Es imposible que una niña sepa la implicación histórica de tal o cual frase. Se puede escudar en la ignorancia y en el repetir ingenuamente lo que ha escuchado antes de sus compañeros. Pero no tapa la realidad de su significado y en el caso concreto, de cómo se desnuda en ofensa. Es que uno ya no tiene una categoría completa, uno se convierte en la mitad del total y por no ser entero ya no eres acepto, a la medida cabal. El medio hermano puede ser aquel hijo ilegítimo que no tiene derecho como se lo dan al hijo nacido de matrimonio; puede ser el bastardo, fruto de la unión abominable de un hombre casado y su amante, evidencia del pecado y traición, recordatorio de lo que no debe ser; puede ser aquel que nunca tuvo un padre que afirmara, “éste es mi hijo.” El medio hermano puede ser cualquiera, pero no es completo, el total, el verdadero.
En algún momento de la historia, dándose cuenta que algo andaba mal, pensando que no es culpa de los niños los errores y desaciertos de los padres, la sociedad cambió su forma de pensar. ¿Qué culpa tiene ese niño que su padre no esté casado con su madre? ¿Qué vela tiene en el entierro aquel muchacho que no conoce ni el nombre de su padre? Es una fantasía pensar que todos somos iguales en tantas cosas, pero existen aquellos derechos inalienables donde todos debemos estar en igualdad de condiciones. Todos debemos tener el derecho que nuestro padre nos reconozca como tal y que todos los hijos del mismo opten por iguales oportunidades y recursos.
Hoy día, las leyes en El Salvador reflejan esta realidad, otorgándoles a los hijos el mismo estatus ante la ley, dándoles los mismos derechos de alimentos, aboliendo toda distinción peyorativa. Las nuevas leyes dictan que cada quien es responsable de sus actos, eliminando la idea que alguien debe pagar por los errores de otros, cimentando la filosofía que justos no deben pagar por pecadores. Así, los hijos, hijos son. Los hermanos no son ni medio, ni un cuarto ni qué ocho cuartos; hermanos son.





