Rodolfo siempre había creído lo que casi todos piensan, esa idea que llena de esperanza el corazón, ese texto que inspira y hace sentirnos sublimes y eternos: el amor es el poder más grande en el universo y con él se puede conquistar el mundo. Ese mundo se encarna, para Rodolfo, en la mujer preciosa que consume el alma, el pensamiento, la vida. Sí, él amaba intensamente a Camila. Dedicaba la mayor parte de su tiempo libre y dinero en atenderla y consentirla, en saciar hasta el más mínimo capricho, el almuerzo de cada día llevado al trabajo, las rosas individuales compradas en la calle, las notas y mensajes constantes para hacerle saber su devoción. En fin, todos los detalles del galán de novela que demuestra lo que un verdadero enamorado hace, así actuaba Rodolfo. Con esas acciones no podría caber duda que su amor era verdadero, demostrado con tantos hechos y tangibles inescapables. El amor triunfaba en el corazón, en el ser y, lo más importante, en las obras.
A Camila le gusta jugar el papel principal de la novela, acostumbrada a las atenciones de los hombres en su entorno, dando sonrisas y saludos practicados hasta la saciedad, el incansable coqueteo de una mujer que se sabe bonita y quiere explotar toda oportunidad de inflar su ego. En esta oportunidad es el turno de Ricardo, el que está en cómputo, el de lentes, con cara de intelectual, con cara de yo no fui, que pasa picoteando las teclas de la computadora en forma irregular y tiene una risa escandalosa. Es el de los más altos en la empresa y le gusta hacer bromas, pero no de las pesadas, se lleva con medio mundo y siempre tiene algo chistoso que aportar sin que sea preparado, vulgar o de doble sentido. Detrás de esa apariencia inofensiva y torpe, se esconde el hombre que sabe decir “te amo” con la entonación magistral del veterano actor; detrás de esos lentes estilizados se encuentra un hombre que toma el control para besar y susurrar bellezas al oído; detrás de esa sonrisa inocente está un hombre viril que sabe enojarse con valentía. Camila entabló la relación con su compañero de trabajo, repitiendo lo trillado del romance de oficina, comprobando cierto que la cercanía, la convivencia constante, la accesibilidad y el poder esconderse a plena vista hacen tan fácil el sexo prohibido.
Los que juegan con fuego no están pensando en quemarse, y para una cantidad, sale cierto que nada pasa, sorteando uno u otro encuentro con el calor, disfrutando de la emoción de escapar de la brasas. Para los que se queman, echarle la culpa a la mala suerte y al destino, no es raro y Camila se quemó de tal manera que ni siquiera pensó en el azar, los ángeles o demonios. Y una vez estás en el fuego, ya no importa todo lo demás, porque las llamas no destruyen sino que alimentan el momento, la multitud de momentos. Se pierde la cabeza y nada importa más que seguirse consumiéndose en la pasión, los besos tiernos y los apasionados, las palabras intensas llenas de elogios y miel, las caricias sutiles y aquéllas sin control, hasta llegar a lo más bajo del placer y a lo más alto del dolor.
Rodolfo, como muchos enamorados, nunca sabrá de las múltiples traiciones de Camila porque no se lo imagina, porque no lo sospecha, porque no lo concibe. Nunca sabrá que Ricardo es su compañero de guerra en los túneles de la pasión. Será feliz en su ignorancia y su ceguera, y Camila sabrá mentirle, esconderle, borrarle todo rastro de esa verdad. Finalmente, sentará cabeza y terminará permanentemente en los brazos de Rodolfo, el siempre fiel, estable consistente hombre de su vida. No quiere decir que nunca más volverá a engañarlo; eso pasará al tirar los dados.








