El Texas Hold’em

Poker

Poker

Después de terminar la maldad, cosas que hacen los amigos, cosas que comparten, cosas de cosas, Saúl y Rudy comenzaron la plática sobre el juego de póker. Rudy explica con gran seguridad que hoy día la mayoría de amantes del póker no juegan el tipo tradicional, sino el sonado Texas Hold’em. En efecto, el Texas Hold’em es la variante de póker más practicada en todo el mundo, jugándose en la mayoría de casinos presenciales y en línea. Es la forma usada en el “World Series of Poker”, el torneo más importante en el mundo, celebrado cada año en Las Vegas.

Si bien es cierto que las estrategias de este juego son complejas, las reglas del Texas Hold’em son sencillas. No obstante, y aunque uno no sea exitoso rápidamente, en un par de horas, cualquier persona puede estar disfrutando del juego, tardándose un buen tiempo para llegar a ser experto aquel que estudia, lee y practica con diligencia. Por su lado, Rudy tiene sesiones rutinarias de Texas Hold’em en su apartamento, donde se congregan de 2 hasta 8 personas a la vez. Su afición lo ha llevado a construir una filosofía coherente a favor de este juego de azar.

Saúl no comparte la afición, entusiasmo ni filosofía de Rudy. Piensa que los juegos de azar, en general, se deben evitar. Para él, son la puerta hacia el hoyo donde se pierden pequeñas y grandes fortunas. Según él, son incontables las historias de las señoras adictas a los casinos, que en un tanto de tiempo, pierden los ahorros de una vida; de las jóvenes que canjean sus cuerpos por fichas para una sesión más de cartas; de los maridos que regresan a su casa sin prendas, sin dinero, sin carro.

Rudy no se impresiona con esas posiciones alarmistas. Para él, una de las razones por qué el Texas Hold’em ha tenido tanta acogida en los últimos años es que no importa el tamaño de la cartera. El límite de apuesta por ronda es una interesante camisa de fuerza que ecualiza a los jugadores, haciendo de todos simples mortales, independientemente del magnate que se siente a la mesa. Por eso Rudy compara ese juego de naipes con ir al cine, con ir a un bar karaoke, con una tarde de baldes y sus frías. Explica él que, al verlo como diversión, apostar $10.00 ó $20.00 y perderlos en un par de horas equivale a cualquier otro tipo de diversión.

Saúl refuta que esa lógica obvia lo que está debajo, lo que está latente. Hacerse adicto al cine, a jugar boliche, a cantar karaoke, raramente o nunca escala a nada más que el puro entretenimiento; el juego y la apuesta sí. Éstos últimos generalmente se asocian con ganar dinero rápido y fácil, como alternativa al trabajo formal. El principal encanto es precisamente ganar dinero. Nadie juega Texas Hold’em apostando semillas o corcho latas. El verdadero sabor viene de los billetes y las monedas.

Rudy acepta que el póker puede ser una vía hacia la adicción del juego, pero así como no todo el que toma se hace borracho, no todo el que juega se pierde en el vicio. Si bien es cierto que la emoción está en ganar o perder un poco de dinero, esa es la misma emoción que puede sentir un empresario o comerciante en arriesgarse a nuevas aventuras financieras; esa es la misma emoción que puede sentir un inversionista que espera suba la bolsa de valores; en fin, es la misma emoción de muchos en decisiones de riesgo.

Saúl probablemente nunca experimentará las alturas y abismos del Texas Hold’em y Rudy probablemente nunca perderá los pantalones. El mundo continuará con los que juegan y con los que no, como todas las áreas de la vida; hay gente que sí y hay gente que no.

 

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La Estafa

Dinero Fácil

Dinero Fácil

Miguel Bautista nació comerciante. Desde pequeño le gustó transar y recibir ganancias de sus trances. Iba al mercado a comprar por montones, lo que fuera, y luego lo vendía al menudeo. Vendía dulces, chicles, frutas, siendo su corazón de empresario, sintiendo que el dinero podía llegar a él fácilmente. Rápido aprendió el principio que la ganancia se hace cuando se compra, no cuando se vende. Con el tiempo sus negocios fueron haciéndose más complejos, más interesantes, más maduros. Su cúspide llegó al meterse en el negocio de ser prestamista. Aprendió a prestar dinero y asegurarse con las hipotecas de los inmuebles de sus clientes. En ese mundo, le pareció natural entender que las oportunidades se aprovechan cuando alguien está en necesidad y pide prestado en desesperación. Captaba bien que esperar el momento oportuno cuando un alma en pena empeña una moto, un carro, una casa es el truco y la llave de las ganancias. Y como todo buen prestamista, tenía la sabiduría de esperar pacientemente al cliente indicado, a la persona motivada por su gran necesidad.

Miguel pensaba que el empresario exitoso es disciplinado y paciente. No muchos logran salir adelante como mercaderes de toda una vida. Los impostores, esos disque empresarios, esos mercantes amateur, son los que se gastan las ganancias que deberían reinvertir, son los que venden antes del tiempo indicado, son los que no reconocen las verdaderas gangas. Éstos se quedan en el camino para perder hasta lo que no tienen. La disciplina mercantil viene de entender que la ganancia de tal o cual transacción no es propia. No se debe disponer de ella como si fuese salario o beneficio inmediato. Los frutos se gozan mucho después, cuando ya existen tantos árboles plantados y de todos se saca su justa porción. Miguel tenía sus arbolitos, un negocio de venta de vehículos por ahí, entre 10 a 15 préstamos otorgados a parientes y amigos por allá, un par de casas alquiladas, en fin, un jardín completo con sus árboles frutales.

Julio Urcía es un hombre alto, de tez morena, cuerpo fornido y esculpido, producto de su régimen de pesas diario. Su cabello es negro, espeso y tupido que se eleva hacia atrás, mantenido fijo por la adherencia persistente del gel. Maneja una barba sólida que cubre casi todo el rostro y termina con un candado al centro, en un bigote perfectamente cuidado. Su voz es profunda y grave y al oírlo y verlo por primera vez, despide un aire de liderazgo, confianza y respeto. Al hablar, sus gestos son firmes y pausados, como si siempre está dando un discurso de superación personal.

Julio es dueño de una venta de repuestos usados que queda en una calle principal donde están apiñadas una tras otra, en la variedad y especialidad para todos los gustos y necesidades, las demás ventas de repuestos. Afirma él que se ha enfocado en una estrategia de comprar vehículos chocados en el extranjero para deshuesarlos, bajo la premisa que vender las partes suma mucho más que vender el todo de una sola vez. Los que ocupan esta fórmula de comprar el todo para venderlo por partes juran que es altamente lucrativa. Y es cierto que esa estrategia es milenaria y muchos magnates de antaño la usaron para acumular sus fortunas. Comprar negocios en quiebra y venderlos por pedazos, comprar edificios abandonados y venderlo por secciones, comprar extensiones de tierra sin uso y venderlas por lotes, todo se centra en la misma idea de tomar el todo y ganar más con la suma de las partes.

Como suele suceder, los caminos de las personas se cruzan sin planificación ni esmero y el destino tuvo a bien que Miguel y Julio se conocieran al final del culto dominical. El pastor fue el que confabuló para el encuentro. Sabiendo que Miguel es un conocedor de carros, al pastor se le ocurrió que podía hacer buena química con el vendedor de repuestos. Y no  fue que el Pastor Serrano planificara con gran antelación crear esta conexión, sino su acción fue espontánea del momento, producto de la cercanía fortuita de los tres, de la rápida asociación de los puntos en común entre Miguel y Julio, de su deseo constante de conectar a sus feligreses. El encanto inicial, a los ojos de Miguel, fueron las historias de éxito en un rubro considerado por muchos difícil. Los conectes privilegiados del Japón que otorgaban precios preferenciales, los amigos especiales del norte que compran las gangas más increíbles en las subastas de carros, el manejo y conocimiento superior de inventarios, todo esto hacía de Julio un empresario digno de admirar.

Julio se convirtió en una fuente más de consultas técnicas para Miguel; qué tipo de repuestos son los más solicitados; que vehículos se venden más y a que precios; por dónde se está moviendo la oferta y demanda de repuestos; en fin todo aquello relacionado con la experticia de Julio. Según Julio, su negocio es privilegiado porque el margen de ganancia sobre cada repuesto es superior al 300%. Julio le explica que todo se trata de saber mover el inventario correcto. Le cuenta que él tiene su fuente de inversionistas que le facilitan dinero para aprovechar comprar lotes grandes, obteniendo así excelentes utilidades. Son inversionistas que pertenecen a su grupo exclusivo.

Miguel tiene que preguntarle a Julio que cuánto ganan los inversionistas en este negocio, la curiosidad apoderándose de él, las posibilidades de hacer dinero trepándose en sus pensamientos, las dudas surgiendo del cómo y por qué. Julio dice que no puede darle un dato exacto, que eso depende del tipo y cantidad de lotes que se compran. Comenta Julio que generalmente es arriba del 50%, pero que algunas veces puede ser más, hasta el 100%. Explica Julio que si un inversionista aporta $10,000.00, a la vuelta de un mes, puede recibir $15,000.00. No todo el tiempo requiere dinero de inversión, el negocio nunca podría sostenerse así. Solo es necesario el influjo de capital cuando se presenta la oportunidad de compra inmediata y hay que actuar rápido. En el momento que el negocio no cuenta con el efectivo al instante, el grupo de inversionistas es súper útil, haciendo que todos se beneficien.

Miguel se quedó envidiando la suerte de este grupo de personas porque esos rendimientos tan rápidos son casi imposibles de encontrar, de hecho no se encuentran. Tal vez algún día Julio quiera incluir a Miguel, pero lo duda porque los que ya están jamás querrían salir del círculo.  Además, Julio nunca le ha mencionado o pedido nada a él y se imagina que no lo haría en el futuro, aun sabiendo éste que Miguel presta dinero como parte de sus negocios. Sí, recuerda Miguel que en alguna ocasión él mismo le contó cómo era su forma de prestar y las reglas de cómo lo hace.

Miguel tiene una tarifa estándar en sus préstamos: el 5% mensual. Las personas pagan solo el interés y al final regresan el monto prestado, nada de amortizar al capital, siempre calculando el interés sobre el monto original. Si hablamos de un año, es un rendimiento neto del 60% sobre lo prestado. No solo es apetecible sino que también seguro. Miguel nunca presta sin un mutuo con garantía real, preferiblemente un inmueble. Muy raras veces toma un vehículo o similares. Eso de las joyas en consignación no es su estilo.

Julio y Miguel se juntan algunas veces en el negocio del primero, otras veces platican a la salida de la iglesia y raras veces hacen tertulia tomando café en un centro comercial. Las pláticas son variadas y no puede faltar la franja de deportes, especialmente los recovecos de curiosidades de la Fórmula 1. Últimamente Julio está descontento con uno de sus inversionistas porque, a diferencia de los demás, algunas veces se atrasa en aportar el dinero para la compra del momento. No es que le ha pasada tan seguido, ni tampoco es que se ha tardado tanto tiempo en dar el aporte. Lo que pasa es que Julio considera que por lo grandes beneficios que recibe, debería ser mucho más presto y diligente este tipo. La expresión de Julio es como de alguien que solo está desahogándose y protestando pequeñeces. No se siente en sus palabras la sensación que algo anda mal o que se debe hacer algo al respecto.

Pasan los días. Suena el celular. Miguel contesta y es Julio al otro lado del auricular.

–Hola Miguel, ¿cómo vas?-

-Hola Julio, mira que pensando en vos estaba.- Contesta Miguel entusiasmado que no fue él el que tuvo que gastar en la llamada porque realmente quería hacerle a Julio una consulta sobre un repuesto.

–Ah, ¿de verdad? Qué bueno, creo que estábamos sincronizados entonces- contesta Julio en un tono jovial.

–Fijate que quería llamarte para proponerte algo.-

-Contame, ¿a ver?-

-Tengo un cargamento que está listo para que me lo despachen. ¿Te acordás de ese inversionista que algunas veces me falla? La cuestión es que este pedido es de $50,000.00, con casi todo el dinero ya reunido. Por culpa de este tipo, me he quedado corto por $1,000.00. Si vos tenés disponible esa cantidad, en 15 días te los devuelvo y de ganancia te quedarían $500.00.-

Miguel no pensó mucho su respuesta y ofreció ir a dejar el dinero en ese momento. En el camino iba pensando en que si el dinero no se lo regresaba Julio, no era mucho y con eso le quedaría la lección aprendida. No se le imaginaba cómo Julio podría no pagarle, tal vez no darle los $500 extras completos, pero si alguna cantidad. Si realmente los rendimientos que Julio daba eran así, sería emocionante ganar esos pesos rápidamente.

Tal como prometió Julio, exactamente 15 días después del préstamo, él entregó a Miguel constante, aunque no sonante, los billetes que sumaban $1,500.00. Al hacer la entrega, Julio agradeció a Miguel su pronta ayuda y le contó que ya se habían arreglado las cosas con su otro inversionista y que ya no habría necesidad de volver a pasar por ese episodio. Miguel, alegre de recibir la plata, refutó a Julio diciéndole que no se preocupara, que si volvía a tener cualquier necesidad de efectivo que por favor contara con él. Julio agradeció ese gesto y aseguró a Miguel que quedaba comprometido con Julio para futuras oportunidades.

No pasó mucho tiempo cuando Julio nuevamente llamó a Miguel para esos $1,000.00, todo por culpa del mismo tipo que estaba teniendo problemas financieros y no cubría su cuota. Miguel con gusto aportó el dinero y secretamente agradecía al tipo, quién sabe quién, por la fortuna que ahora trasladaba a él. Ganar $500.00 en 15 días realmente era una gran cosa y Julio, como un reloj atómico, como un cartero fiel, en el día indicado, nuevamente entregó a Miguel su aporte y respectiva ganancia. Miguel no solo se sentía un hombre bendecido sino que también una persona muy inteligente, un empresario capaz, alguien que sabe cómo hacer dinero de la forma más habilidosa.

Pasó un mes y medio sin contacto con Julio, ni una vista por la iglesia, ni una llamada, ni un café de la tarde. Con los días Miguel aumentó su ansiedad, su deseo de participar en lo bueno y jugoso, pero nada, nada de Julio en el horizonte. No pudo más, le ganó la curiosidad, le ganaron las ganas, Miguel hizo la llamada.

–Julio, te saluda Miguel, ¿cómo estás? ¿Cómo va todo?-

Con la voz vibrante y entusiasta Julio contestó –Miguel, no te imaginas en lo que ando ahorita. Tengo el pedido más grande del año y ando corriendo para arriba y para abajo con eso. Este pedido sí que me va a traer una ganancia exagerada. Acabo de conseguir unos motores japoneses totalmente nuevos, solo de poner. Están perfectos. Te imaginas que es una transacción de $200,000.00 y ya tengo todo listo para la operación. Es más, ya tengo todos los motores reservados aquí, así que en menos de 30 días he logrado darle vuelta a este negocio. Cada inversionista va a poner $50,000.00 y yo les voy a regresar en 60 días $100,000.00.-

-¿Y ya tenés a todos los inversionista listos?-

-Sí, ya mis 4 inversionistas más importantes me han confirmado. Todos están listos con la plata en 3 días.-

-Wow, mirá qué bien. Espero que todo te salga perfecto mi amigo.-

-Sí, gracias Miguel. Hablamos al rato.-

Una ganancia del 100% en 60 días, eso corría por la mente de Miguel; una oportunidad de oro para el que tiene el dinero. Miguel tenía ese dinero listo. ¿Por qué no él ser el beneficiado, el de la suerte?

Luego de dos días, a las 8:03 pm sonó el celular de Miguel. Era Julio. Uno de los inversionistas, el tipo de siempre, el que juró y perjuró que no iba a fallar, a último minuto, se había jalado. No tendría lista la plata para el día siguiente. En un tono tranquilo pero firme Julio le dijo a Miguel – Fijate que ya tengo listo a otro inversionista para cubrir lo que Carlos no puede pero pensé en lo que me dijiste, y por la afinidad y amistad que hemos tenido, quise primero preguntarte a vos si quisieras participar en este negocio. Claro, eso es si tienes $50,000.00 disponibles para mañana a las 9:00 am.-

-Gracias Julio, gracias. Sí tengo la plata y te la puedo dar mañana. Lo único que no sé cómo haríamos con la escritura para ese dinero.-

-Ah, es cierto, ya me acordé que vos trabajás así. Mirá, tranquilo, en una próxima vez lo podemos hacer. Es que tenés razón que el tiempo está apretado. No te preocupés, yo ya tengo otra persona con quien puede conseguir el dinero y luego para futuro, si necesito dinero tuyo, ya sé cómo lo tenemos que hacer.-

-Julio, esperá. Yo creo que lo podemos hacer como tú dices. Mañana te llevo el dinero y solo me firmas un documento. No quiero perder esta oportunidad. ¿Te parece?

-Ok, como tú digas, porque de verdad, no hay problema. Yo puedo conseguir la plata con otra persona.-

-No, no, yo te la doy. Mañana antes de las 9:00 am estoy ahí y listo.

Miguel entregó el dinero a Julio. Pactaron que esa misma semana Julio firmaría el mutuo respaldando la operación. Cuando posteriormente Julio explicó a Miguel que no era posible llegar para firmar, por estar muy ocupado con la venta de los motores, Miguel no sospechó nada, ni se preocupó. Sin embargo, con los días de no aparecerse Julio y acercándose la fecha de entrega del dinero y su ganancia, la ansiedad de Miguel subió hasta bullir.

Miguel nunca recuperó su dinero. Había sido víctima de una estafa, siendo esa la anatomía de una perfecta. Primero es el dulce y luego viene el verdadero premio. Así se explica cómo mucha gente inteligente cae. Y es la persona muy lista, muy hábil la víctima perfecta del fraude perfecto. Los simples están por debajo de la guillotina, en esta ocasión.

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Teresa, Van Halen y los M&M

Eddie Van Halen

Sentarse al aire libre con una taza de café, buena compañía y conversación, frente a los pasillos por donde pasan múltiples personajes, es uno de los placeres modernos que no pueden faltar en la vida cotidiana. Ninguno de los elementos por sí solos edifican ese momento especial, ninguno individual puede crear magia. Es necesario que todos se junten para lograr escenas de recuerdos gratos, puntos en el tiempo donde se es dueño del mundo, donde todo está bajo control, donde lo mundano y simple se mezcla para elevarse a nirvana.

Esa es la escena que se repite por todo el mundo, a toda hora, en tantos lugares, donde se cuentan las historias más sórdidas y escandalosas jamás escuchadas, donde se sacan las tijeras más afiladas para descuartizar las vidas de los semejantes, donde se construye y destruye la civilización. Aquí se conoce quién traiciona a quién en la alcoba, quién ha caído en la ruina económica más grande, quién es el mayor hipócrita de la caridad; aquí se cuenta el drama humano en su máximo esplendor.

Teresa es la mujer que conocemos todos, no importa con qué nombre pero ahí está en medio de nosotros, aquella que recita versículos bíblicos sin haber leído jamás la Biblia, aquella que ora frente a los alimentos solo cuando hay público presente, aquella que tiene los chismes más jugosos a flor de piel. Esa es la mujer que se siente superior moralmente y nos entretiene e informa del acontecer más relevante de la farándula ignorada, los simples mortales cotidianos de aquí y allá.  No es que los chismes y los chismosos sean mala cosa necesariamente. Tienen su utilidad social porque, ¿de qué otra manera sabríamos que el mentado y celebre Alberto es el ladronzuelo de la vecindad o que Matilde es resbalosa a más no poder?

Entre Teresa y Susana la conversación fluye más de un lado que para el otro. Susana disfruta de los múltiples  disparates de Teresa porque, aparte de divertido, de cuando en vez sale una que otra gema de información valiosa. Susana es fiel creyente del dicho, “Hasta del tonto se aprende”. Tal vez algunas veces se le pasa la mano tratando de sacar provecho de donde no lo hay. Cuando la gente habla estupideces es porque lo son.

Entre plática y plática, surgió el tema de cómo el dinero y el poder arruina a la gente. De sorbo en sorbo de leche caliente con café, (ahora llamado latte) ambas se adentran al tópico del materialismo y cómo la sociedad moderna se está perdiendo sin remedio. Teresa es de la opinión que necesitamos regresar a los tiempos donde los valores espirituales, la moralidad, la decencia eran los pilares de la humanidad. Según ella, en nuestros tiempos lo que abunda es el libertinaje, el consumismo y el olvido de Dios.

Entre idea y tema Teresa explica, “El dinero y la fama arruinan a la gente. Ese materialismo donde lo único que importa es tener más, hace que las personas se vuelvan excéntricas y hasta locas. Mira esa desquiciada de Lady Gaga poniéndose ropa de carne y la otra perturbada de Madonna quemando cruces.” Susana escuchaba sin poner atención, como cuando suena la misma canción en la radio ya oída tantas veces que sirve solo para matar el silencio.

Continuó Teresa entusiasmada, “Me acuerdo que me contaron de un grupo musical, creo que se llama Van Halen, de esos grupos satánicos que insertan mensajes diabólicos en sus canciones y que cuando se oyen al revés, bien se entiende el mensaje. Ese grupo, imagínate que pide a todo el que los contrata que en camerino pongan un recipiente lleno de M&M´s y que ninguno de los caramelitos debe ser de color café. Si no les cumplen con eso, ellos suspenden el concierto y no cantan. ¿Podés creer eso?” La falta de atención de Susana se convirtió en un destello de enfoque ya que la historia que Teresa contaba le golpeaba fuertemente en el músculo mental que detecta la ignorancia y los prejuicios.  Susana conocía muy bien esa historia y más importante, sabía que era un mito, una leyenda urbana, una de esas historias que circulan por todos lados porque nos hacen sentir mejor de lo que realmente somos. Es interesante que las historias que más circulan y más se reciclan son aquellas de las tragedias de nuestros semejantes. Tal vez son tan populares porque nos confortan que hay otros que están peor y así, justifican nuestras pobres y mediocres existencias. Por lo menos eso es lo que tiene descifrado Susana, siendo la explicación razonable de por qué nos gusta hablar mal de otros, de por qué corren tan velozmente las malas noticias, de por qué se hace leña tan fácilmente del árbol caído.

En algún lugar Susana había leído sobre la desfiguración de la historia de Van Halen y sus chocolates. Y no es que la historia sea falsa, las mentiras más dañinas son justamente aquellas verdades estiradas o alteradas que proceden de una raíz real; algo cierto con cola y cachos. La parte verídica es que la cláusula  de los chocolates en el contrato de presentación de Van Halen existía, pero no producto de una extravagancia atribuida a los famosos o las estrellas del rock. La cuestión es que la cláusula cumplía una función especial y práctica, una función más allá de la simple apariencia, una función estratégica: asegurar que las especificaciones técnicas del contrato habían sido cuidadosamente leídas y aplicadas.

Van Halen fue una de las primeras bandas de rock en montar giras de gran tamaño en ciudades pequeñas. Los locales acostumbrados a grupos menores tenían que enfrentarse de repente a una ensambladura de hasta nueve furgones. David Lee Roth, el vocalista más emblemático del grupo afirmaba que  las cláusulas técnicas de la producción eran en extremo extensas debido a la cantidad de equipamiento y de profesionales implicados en la producción.

Las múltiples especificaciones eran cientos de básicas pero aburridas instrucciones del tipo “Se dispondrán de tantos conectores de tal y tal amperaje distribuidos a x distancia”, “habrá tantos extintores de tal tipo” o “El suelo del local tendrá que ser capaz de soportar x kilogramos por metro cuadrado”. Como salido de la nada, en mitad de esta lista figuraba la extravagante especificación de “No habrá ningún M&M café en el área del camerino, ya que en caso contrario la actuación será cancelada y cobrada igualmente”.

Si al entrar al camerino alguno de los integrantes veía un M&M café, eso los alertaba inmediatamente de revisar el montaje. Más veces que no, este sistema de alerta garantizaba que encontrarían algún error de tipo técnico. Ya que no se había leído y seguido las instrucciones al pie de la letra probablemente surgiría algún problema capaz de arruinar la actuación o incluso de provocar un accidente serio. Era una manera creativa de instalar un mecanismo práctico, rápido y efectivo de protección contra percances.

Teresa jamás supo la verdadera historia porque Susana nunca la corrigió. Teresa es el tipo de persona que no le interesa la verdad sino su versión de la verdad. Susana lo sabe. Ambas se levantaron al mismo tiempo al finalizar la jornada de plática. Tras sus espaldas, mientras se alejaban, cada una en ruta a su destino, quedó la señora que recogía los recipientes vacíos que hace unos momentos rebosaban del preciado latte. Mientras la señora limpiaba la mesa, en su mente resonaba la historia que sobre escuchó de Teresa. Quedó meditando que es cierto eso de que el dinero y la fama arruinan a la gente, que es una realidad que el materialismo reina porque lo único que le importa a la gente hoy día es tener más. Ya no se aguantaba por llegar a su casa y contarle a su marido y su hija la historia del grupo “Vin Laden” y los chocolates.

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Carla Se Educa

Helena entró al aula, un salón de mucha altura con ventanales grandes y paredes pintadas inmaculadas de tonos pastel, descansando adentro mesas alargadas corriendo a lo ancho, posadas éstas en filas sobre diferentes niveles, bajando hasta llegar al plano final, donde se encuentra la pared con el pizarrón para plumón, la pantalla gigante del proyector, todo formando el perfecto efecto de butacas de cine, de secciones de teatro, de gradas de estadio. Este es el escenario donde, en el corredor inferior, se  pasea el orador, el que habla besando el micrófono adherido a su cabeza, el que agita sus manos con total libertad, al que los alumnos de alta sociedad preguntan sin vacilación o complejos. Aquí, el catedrático escucha leer al estudiante sin titubeos, con voz segura y correctamente pausada. Es la universidad donde llega a pernoctar la élite que por alguna u otra razón, por voluntad propia o por circunstancias ajenas, se queda en el país para cursar su educación superior.

Carla entró a un aula muy diferente, una caja rectangular con paredes sucias, que de todas ellas solo una cuenta con ventanas que son parte de un edificio medio readecuado para universidad, mirándose como las piezas de vidrios de apartamentos multifamiliares. El salón, más largo que ancho, dando una impresión de cueva alongada y estrecha, con exceso de pupitres ridículamente apiñados, causando una sensación claustrofóbica, grita que el propósito de este ordenamiento es maximizar hasta el último centímetro de espacio. Frente a los pupitres, se encuentra una tarima de madera que sirve de plataforma para el catedrático, el que grita sin micrófono, el que a viva voz produce un monólogo rutinario, al que los alumnos fingen prestar atención. Aquí, no surgen preguntas espontáneas; aquí, abundan los complejos; aquí, se escucha la lectura entrecortada de los muchos analfabetas funcionales, esas personas que saben cómo regurgitar los símbolos fonéticos sin entender el significado de las  oraciones que leen; aquí, en ésta y otras aulas, se encuentran las multitudes de desdichados que sueñan, que tienen la fantasía que con su título en mano, serán ovacionados como paladines del conocimiento y productividad,  serán acreedores de salarios abultados producto de su envestidura, serán los ganadores producto de estar por encima de los demás, producto de tener el sello de calidad universitaria, producto de estar sellados con el título de nobleza.

Carla no sabe que los años invertidos en el proceso académico superior no le servirán para los sueños que construye, hasta estar frente a uno y otro entrevistador que le prometerá que pronto se comunicará con ella porque existen grandes posibilidades de ser contratada. Carla no sabe que al salir de la entrevista, algunos romperán su currículo y la solicitud para no guardar papeles, otros los archivarán en el cesto de los rechazados y otros los tirarán intactos al basurero. Carla no sabe que al poner su pretensión salarial, cifra puesta pensando en que no va a regalar su trabajo, ha sellado su suerte, siendo la cantidad no solo muy alta sino que sujeta a mofa y asombro.

Nadie le ha dicho a Carla que la fórmula de la superación tiene otros ingredientes en su receta: las personas que conoces, la experiencia que se gana, el conocimiento real que se adquiere bregando el tal y cual de los laberintos y junglas humanas. Se acepte o no, existen diferentes calidades de sistemas educativos y sus centros respectivos.

¿Qué pasaría si en lugar que Carla hubiese ido a la escuela pública, el gobierno la hubiera mandado a un lugar de comprobada calidad? En lugar de tirar cuantioso dinero en beneficios difusos no medibles, estaría disfrutando un salón de gran altura con ventanales grandes y paredes pintadas inmaculadas de tonos pastel, descansando adentro mesas alargadas… ¿Cómo hubiera sido que Carla estuviera allí, codeándose con la élite? El libro que lo cuenta, explica y describe, está en la biblioteca, en el estante tercero de la fila once. Nadie lo pide porque no es obligación leerlo, ni existen tareas basadas en éste. Llegó ahí como parte de un lote de libros donados por una universidad de Chile. Carla, buscando el código del libro, llegando al mostrador, recibiéndolo unos momentos después,  se sienta a leer. Ese libro contiene la sección que explica qué son los “vouchers educativos”: “un certificado emitido por el gobierno  el cual puede ser usado por los padres como parte del pago de la cuota educativa en una institución privada, como alternativa de mandar a sus hijos a una escuela pública.”

En ese mundo imaginario, Carla abrió el libro, encontró la sección correspondiente y comenzó a leer: “El gobierno toma el dinero de los contribuyentes y los asigna al sistema educativo. Ese dinero mayormente sirve para pagar planillas. En teoría, cuánto más dinero  sea asignado a educación, más personas están enseñando a niños y niñas de escasos recursos.  Con el tiempo, supuestamente, la niñez saldrá de su condición de ignorancia y pobreza. Para que esto sea cierto, se supone que los educadores harán bien su trabajo. Por los resultados de años y años del mismo tipo de educación, no se puede justificar esa suposición.

La corrupción en el sistema educativo público ampliamente documentado es producto de las dinámicas del mismo sector. Los empleados públicos y quienes manejan sus instituciones no tienen incentivos naturales para mejorar su productividad. No existe relación entre su producción y remuneración, sumado esto con la permanencia casi garantizada que contribuye a los resultados mediocres. Cuando se separa la responsabilidad del interés, se tiene como resultado consecuencias no esperadas, no deseadas.

La alternativa al sistema educativo público es el uso de vouchers (certificados de dinero). El gobierno entrega a cada padre y madre un certificado por cierta cantidad. Los padres usan este certificado en la escuela de su predilección, si la cantidad no alcanza porque la escuela es más cara, los padres ponen la diferencia. El valor del voucher puede ir incrementando con relación a los fondos asignados para educación. Adicionalmente, los mejores estudiantes de los sectores populares pueden recibir becas completas para estudiar en cualquier institución que deseen.

En este sistema el poder de decisión lo tienen los padres (invierten este dinero en instituciones privadas acreditadas) y ellos premian con su decisión a las mejores instituciones que, a su vez, están motivadas a ser exitosas para captar la mayor cantidad de fondos estatales. Adicionalmente los mejores estudiantes, no importando su condición económica, tienen acceso a las instituciones élite.

Cuarenta y cinco años más tarde la hija de Carla, Ester, entró al aula, un salón de gran altura con ventanales grandes y paredes pintadas inmaculadas de tonos pastel, descansando adentro mesas alargadas corriendo a lo ancho, posadas éstas en filas sobre diferentes niveles bajando hasta llegar al plano final…

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El Gordo Panzón

Hacer el amor con tremenda panza es una gran hazaña, no para el dueño sino para la mujer que lo tiene que aguantar. Ese movimiento pélvico se reduce inmensamente y con cada nuevo empujón va aplastando sin misericordia a la desdichada. Termina siendo la cuestión un asunto de cambiar de puesto, de inventar una posición nueva, de ingeniárselas para lograr alguna conexión, en fin, de cualquier cosa menos del acto sublime. Aparte de los problemas que enfrenta el susodicho en la alcoba, también tiene que lidiar con otros detalles, como los chistes sin cesar de parado no poder verse los pies, de que pronto dará luz a trillizos, de que la reserva alimenticia interna es para cien años en África; todas las ha escuchado el gordo panzón Garzón Guzmán. Año con año, la circunferencia de su abdomen ha ido creciendo como si eso fuese lo normal con el avance de la edad, como si fuese la calvicie, las arrugas, el cabello blanco.

El gordo panzón muestra una fachada al universo exterior, una cara pintada de felicidad, un lenguaje surtido de “así soy y me gusta”, una actitud exigiendo a todos, aceptación y respeto. Pero en su interior, en lo profundo de sus pensamientos, en lo que mueve su corazón y sus entrañas, se oyen las voces del auto repudio y lamento, de la soledad en la multitud. No es fácil fingir cuando se está sufriendo por dentro, cuando uno mismo se odia, cuando se resiente al mundo que juzga. Es horrible no encontrar la salida, la pócima divina, la varita mágica del cambio.  Esa varita, la que los charlatanes prometen, la que se busca sin cesar, la que transforma de verdad está escondida dentro del ser mismo. Por lo menos, esa es la idea de Juliano, el ex gordo panzón, el gordo panzón II, el que ahora toca guitarra, el que dejó de ser obeso y aprendió a tocar ese instrumento acústico y a trotar diariamente usando el truco, usando el secreto, usando esa varita mágica.

La mayoría de personas, con sus grandes problemas personales, con sus variadas dificultades económicas, con sus múltiples heridas emocionales, no saben cómo abrirse camino hacia un lugar mejor. La vida se convierte en un reaccionar a los eventos, a las personas, a las circunstancias, a la vida. De esa manera la vida es dura.

Juliano se levanta temprano. Se pone siempre la calceta izquierda primero y luego la derecha; antes que la camisa y los shorts. Recién bañado, las calcetas van primero, antes que los calzoncillos y el pantalón antes que la camisa. Desde niño, siempre ha sido el mismo ritual. También, desde niño conoce a Garzón. Se criaron en el mismo vecindario, jugando con las patinetas y las pelotas de plástico, las que duran un par de juegos antes que un carro las aplaste. Hay amigos que no pierden contacto. Ahora, en lugar de compartir la calle con fútbol, comparten la sala para verlo. A decir verdad, ahora gritan más fuerte y con más emoción que cuando corrían tras el balón entonces. Fue en esa sala que Juliano compartió el secreto con Garzón. En un momento de pausa, entre el chiste de África y los trillizos, Juliano le dijo:

-Déjame contarte cómo hice para empezar a practicar guitarra. Se trata de la regla de los 20 segundos. En el momento de decidir practicar, no pienso en toda la tarea, sino en lo que debo hacer en los próximos 20 segundos. Físicamente ordeno las cosas para que me queden en el camino. Con la guitarra por ejemplo, antes la tenía guardada en su estuche, dentro del clóset, en una esquina. Para poder practicar, debía sacarla de su escondite, llevarla hasta el otro extremo de la casa, arreglar la sala y ponerme a practicar. Solo de pensar en todo lo necesario para empezar, me mataba la motivación. Ahora, he puesto la guitarra en un lugar ideal, puesta por donde tengo que pasar, ubicada en el camino entre la entrada y la sala, lista solo para levantarla de su pedestal. El truco de los 20 segundos no solo funciona con un instrumento, sirve para cualquier cosa que quieras empezar. Hacer ejercicio fue otra montaña para mí, pero igual, los 20 segundos me sirvieron para eso también. Basta con que te pongas los tenis…

En un tono incrédulo Garzón interrumpió -Discúlpame, no puedo creer que con solo ponerme los tenis ya mágicamente me van a dar ganas de hacer ejercicio. Tú no tienes idea de lo que me cuesta ir para el gimnasio y todas las cosas que tengo que coordinar, no me queda tiempo- A lo que Juliano responde –Si eso es lo que te estoy diciendo, que no es necesario que pienses en todo lo que tienes que hacer para hacer ejercicio, solo piensa en quitarte los zapatos de trabajo y ponerte los tenis. Eso es todo.-

Dos semanas pasaron sin que Garzón moviera un dedo en esa dirección, la que lleva a la vida saludable, la que hace sudar el cuerpo, la que bota el estrés de una vez. Sentado en el sillón, descalzo sin ropa más que el short, con la panza al viento, aburrido de pasar los canales, la media tarde del domingo traía consigo los sonidos del vecindario. También traían los sonidos de las palabras de Juliano que regresaban a molestar la mente de Garzón. ¿Qué tal si es cierto que solo es cuestión de ponerse los tenis? Esa era la pregunta que martillaba el cerebro del panzón. Más por la molestia, más por acallar la película de Juliano gesticulando, se levantó del sillón; se apresuró al cuarto; se puso unas calcetas; encontró los tenis, blancos, viejos, mohosos; y se los puso, amarrando fuertemente las cintas como si esa acción fuese el símbolo de una nueva vida.

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Gilberto, la Hipertensión y el Amor

Esfigmomanómetro

A las tres de la madrugada Gilberto Flores se despertó súbitamente, regresando del hoyo oscuro, una pesadilla dónde su mujer, dormida a su lado, se marchaba con otro, se subía al carro y sin vacilación cerraba la puerta, quedando solo su perfume en el viento. Las gotas de sudor en su frente, las palpitaciones fuertes en el pecho, el hormigueo en todo el cuerpo apuntaban a que algo andaba mal con Gilberto. Tratando de recuperar el aliento, entre este mundo y el de los sueños, tocando a su mujer, como asegurándose que había sido un mal sueño nada más, Gilberto nuevamente recostó su cabeza en la almohada, regulando su respiración, tranquilizando su cuerpo y su mente. Entró una idea en su cabeza, aquella que hace reflexionar y concluir que todos los demás problemas se hacen minúsculos, que los problemas de la vida ya no tienen importancia, que cuando la salud falla, qué más da lo demás. Desde hace tiempo que Gilberto había aceptado que la razón de su vivir era la reina que dormía a su lado noche tras noche. Hay hombres que no solo viven enamorados sino que existen en un estado de constante embriaguez, en una obsesión loca, donde todo gira alrededor de lo que deja de ser una persona y se convierte en un objeto de adoración. Esa idolatría haría que Gilberto corriera afanado al consultorio del cardiólogo de la familia.

-Doctor, explíqueme la cuestión de la presión por favor. Yo nunca he sufrido de presión alta y no sé qué pasa.- En un tono preocupado así le decía incrédulo Gilberto al Dr. Córdoba. Hacía un momento el esfigmomanómetro (aparato que usan los médicos para medir la presión arterial) marcaba 150-100 mmHg. Durante unos 10 minutos Gilberto oyó la explicación estándar sobre la presión arterial y sus implicaciones. La presión arterial tiene dos componentes: presión arterial sistólica y presión arterial diastólica. La primera corresponde al valor máximo de la tensión arterial en sístole (cuando el corazón se contrae) donde se refiere al efecto de presión que ejerce la sangre eyectada del corazón sobre la pared de los vasos (las venas). La segunda corresponde al valor mínimo de la tensión arterial cuando el corazón está en diástole (cuando el corazón se expande) o entre latidos cardíacos, donde esto depende fundamentalmente de la resistencia vascular periférica. En concreto, se refiere al efecto de presión que ejerce la sangre sobre la pared del vaso. Cuando se expresa la tensión arterial, se escriben dos números separados por un guion, donde el primero es la presión sistólica y el segundo la presión diastólica.

Gilberto ya había pasado por los exámenes de sangre, ahí todo normal, el electrocardiograma, ahí bien, Rayos X del tórax, ahí correcto, y el examen físico correspondiente, donde ahí también todo normal. Nadie sabe exactamente las causas de la hipertensión, pero se sospecha que el componente genético (por herencia) es uno de los prevalentes. Para alguien como Gilberto Flores, un hombre de 51 años, que presume de su buena salud, hablando de los domingos y sus partidos de fútbol, recitando los alimentos que no come, carne, embutidos, grasa saturada, etc., darse cuenta que su presión arterial es alta lo golpea inesperadamente y lo confunde sobre la forma de cómo vivir una existencia saludable. Después de su divorcio y volverse a casar con Camila Bolaños, una mujer 15 años menor que él, la cuestión de la salud se convirtió en un tema importante, ya sea porque quiere seguir disfrutando de los placeres carnales, ya sea porque no quiere que otro le robe el mandado, ya sea porque casi todos los humanos queremos vivir largo tiempo.

Camila es una mujer esbelta, de ojos grandes, la forma de su cuerpo como guitarra, tal vez unas libras de más para el gusto de los exigentes, pero para Gilberto era la mujer físicamente perfecta. Por otro lado, era alguien con un sentido del humor excepcional por su capacidad de sazonar exquisitamente las conversaciones casuales. Pocas mujeres entienden que el sentido del humor femenino ideal no es aquel de chistes de historieta o chespirísticos sino la frase mona bien puesta, con su entonación de diablura, la risa espontánea sin aparente razón, los gestos infantiles con palabras de dulces y fresas, el sarcasmo balanceado sin llegar a lo mordaz.  Así era Camila, que se inventaba la frase de la semana, que algunas veces duraba un mes, como slogan de anuncio publicitario. No era una mujer netamente sensual ni atrevida, pero su comportamiento femenino siempre llamaba al amor de piel. Sin el exceso de accesorios, no faltaba algo en el cabello para llamar la atención al detalle, como diciendo “soy especial, mira lo que me puse hoy.”

A las tres de la madrugada Gilberto Flores abrió los ojos súbitamente, despertado por el sonido del portón principal. Su mujer se marchaba con otro, se subía al carro y no quedaría el perfume en el viento, ni una pieza de ropa en la casa. Los mares de sudor en su cara, las palpitaciones golpeando su pecho como un martillo, la tensión en todo el cuerpo apuntaban a que el mundo se acababa para él. Sin poder recuperar el aliento, entre este mundo y el del más allá, tocando el lado vacío de la cama dónde noche tras noche estuvo su mujer, realizando que esto no era un mal sueño, Gilberto cayó  y su cabeza rebotó en la almohada, sin respiración, su cuerpo yaciendo tranquilo, su mente apagada en la oscuridad. Ya no entró ninguna idea en su cabeza, ya no hubo nada que reflexionar, ni cosas minúsculas sin importancia, ni cosas grandes como el amor para Camila, la escena mostrando, ilustrando, difundiendo que de nada sirve el todo en la nada. Otra causa de la hipertensión son las impresiones fuertes de eventos traumáticos…

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Roberto, Carlos y los Pasteles

Roberto vive en la calle 4 del Barrio Sin Esperanza, donde los días solo se diferencian por las portadas del diario en el suelo. Es el lugar donde no es pecado ignorar las tablas de multiplicar o las reglas de ortografía. Es el tiempo cuando lo más importante es aquello que pasa en las próximas horas, ya sea el programa de televisión, ya sea el momento de la comida, ya sea el instante del homicidio a la cuadra, todo en las otras ocho horas, donde las primeras y las últimas son para dormir, el reloj dibujando un círculo sin fin, la cara reflejada en el espejo que adiciona una o dos arrugas más de tiempo en tiempo.

Roberto no sabe que entiende un poco de Economía, y eso es suficiente para calcular el sobrevivir. Calcula cuánto dinero debe tener al principio del día; calcula cuánto ya no para el final del siguiente; calcula hasta donde le permite la pereza; y en esa medición resulta que calcula el mínimo de lo que entra con el máximo de lo que sale. No entiende de definiciones ni de reglas económicas, pero las maneja para contarse todavía entre los vivos. Y así pasa que para aguantar un tiempo, el que sea, no se requiere de tanto calcular. Para manejar lo individual, lo del momento, las múltiples lecciones de hambre calculan el calcular.

El Licenciado Carlos Nohemy Rivas da clases de Economía por las noches en la Universidad Francisco Delgado. Su voz no concuerda con su figura. El porte alto,  cuerpo fornido y las facciones duras en su rostro presentan a un hombre como gran estatua, de donde debería salir una voz profunda, grave y rimbombante. Lo que se oye, en cambio, es un pequeño cuerno chillón agudo desentonando como el mísero pito en un camión. Parado frente a casa llena, en un aula donde deben estar solo 40, 90 pares de ojos oyen su prédica casi recitada de memoria. Y dice:

-Deben estar claros que para tener dominio del entorno, del futuro cercano y el de un poco más allá, el tema a estudiar, sus elementos básicos y otros más complejo, debiendo ser un pilar de sus conocimientos, es la Economía, la ciencia. Entre tantas definiciones que hay, la que más me gusta es la de Michael Parkin: “Es el estudio de cómo la gente utiliza sus recursos limitados para tratar de satisfacer sus deseos ilimitados”.-

Hace una pausa dramática, que de poco sirve porque la mayoría no entiende lo que habla o no le importa, pero él finge que sus decires son valiosos, quedando impregnados como chispas de sabiduría, y así continúa:

-El humano quiere mucho en un mundo donde se requiere de esfuerzo para producirlo.  La verdad no es necesariamente amarga, la desigualdad no es necesariamente perversa, la minoría no necesariamente se sirve de la mayoría-.

Roberto no lo sabe y nunca lo sabrá; allá en su barrio nadie cita a Parkin, nadie conoce a Rivas, nadie apunta que la Economía es ciencia. Aunque la distancia geográfica es corta, Roberto y Carlos viven en mundos diferentes. El primero ha creído que la vida se trata de distribuir equitativamente el pastel, ha escuchado muchas veces a los políticos decir que su estado puede cambiar si tan solo los que tienen mucho se les obliga a compartir con los que tienen poco, ha aceptado que es injusto que ese pastel sea para unos cuantos y que los demás deben conformarse con las sobras, con las migajas. El segundo tiene la visión que no se trata de un pastel, piensa que se trata de una fábrica de pasteles, cree que se trata de distribuir la producción de muchos pasteles. El segundo ha creído en la vida hay que distribuir cuantos  pasteles se pueda, ha predicado que el estado del humano puede cambiar produciendo más y repartiendo la riqueza general, ha aceptado que no es injusto que otros tengan más pasteles, siempre y cuando alcancen para repartir entre todos, que lo que le suma a uno no le resta al otro.

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